Cementerio de los negros

Apenas un cartel que lo nombra como tal entre la vegetación crecida da cuenta de su presencia: el cementerio de los Manecos, en Ingeniero Sajaroff, consiste en un terrenito situado a la entrada del pueblo, a mitad de camino entre la ruta 130 y la plaza. No tiene más identificación que esa, detrás de un pequeño tapial, delimitado por un alambrado que lo separa de un campo. Manecos se les dice a los afrodescendientes en ese sitio del centro de Entre Ríos, ubicado en el departamento de Villaguay.

Sin placas ni fechas, las cruces de hierro dispersas en el suelo irrumpen en el paisaje, algunas más altas y otras a ras del suelo. Solamente dos tienen una especie de corralito de hierro, dentro del cual crecen plantas. Cerca de un tronco podado, una sola cruz de madera se erige más alta que las demás.Parece que siempre han estado ahí e, incluso, dan la sensación de una antigüedad más recóndita de la que tienen: según el arqueólogo Alejandro Richard -integrante del equipo de investigación del Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas Profesor Antonio Serrano-, el camposanto tuvo utilidad entre 1910 y 1950. Para entrar, simplemente hay que pasar del camino hacia el terreno, dando un saltito en la banquina.

Sajaroff compite con el cementerio en tranquilidad durante la siesta del sábado. La localidad de aproximadamente quinientos habitantes, de pocas manzanas a la redonda, yace en silencio y quietud, a excepción de un par de amigos que toman una cerveza en la esquina de una despensa. Por las puertas de alguna de las casas abiertas se descubre la sobremesa de un almuerzo, detrás de una cortina blanca que el viento agita caprichoso.

El gobierno provincial, a través de la dirección de Formación y Diversidad Cultural y del Museo Serrano, inició en 2016 diversas tareas para la puesta en valor del cementerio y de la cultura afro que este envuelve, ya que se relaciona a familias de diversos orígenes: afrobrasileros, afrouruguayos y otros afros criollos. Este proceso incluye un trabajo con la comunidad, recopilación etnográfica de memorias orales y otras labores arqueológicas.

Sajaroff se llama así desde el año 1967. Antes, era La Capilla, lugar en el que se afincó una familia de afrobrasileros que escapaban de la esclavitud, aproximadamente en 1872. Al mismo espacio, veinte años después, comenzaron a llegar grandes contingentes de colonos judíos rusos que se instalaron en toda el área: Villa Clara, Villa Domínguez, Las Moscas y La Capilla. «Los orígenes del pueblo son inciertos, manejamos algunas hipótesis relacionadas a las familias afrodescendientes que se instalan allí a fines del siglo XIX y que empiezan a enterrar a sus difuntos en ese lugar que sería el cementerio criollo y católico, del lugar», le explica Richard, becario doctoral del Conicet y también investigador del Centro de Arqueología Urbana de la UBA, a 170 Escalones. Los judíos, en cambio, tenían sus propios cementerios, como en la Colonia Carmel, hacia el sur.

La particularidad de Sajaroff es que a principios de 1900 también se afincaron otras familias afrouruguayas, que se fueron relacionando con las afroentrerrianas que ya estaban en el campo. Es decir, con los mestizos locales. Para dilucidar a qué fecha pertenecen las cruces, el equipo de investigación desarrolló una tipología estilística con el fin de relacionarlas a las de otros cementerios regionales. «Desde la arqueología no nos propusimos escavar en el cementerio, sino más bien trabajar con la materialidad ligada a las viviendas de esos “manecos”, en torno a los primeros ranchos de piso de tierra y adobe», indica Richard. Con una línea de financiamiento del CFI (Centro Federal de Inversiones), este año comenzó la indagación en la oralidad y continuaron con tareas de excavación para conocer las formas de vida ligadas al ámbito doméstico en un contexto rural, a las prácticas constructivas, a patrones de consumo y otros elementos que hacen a la cotidianidad de estos grupos afrodescendientes.

¿Por qué se le dice «manecos» a los afrodescendientes? Una de las hipótesis que manejan desde el grupo de investigación es que el término funcionaba al principio como referencia a la familia de Manuel Gregorio, el primer brasilero que llega a la zona. En Brasil, se le dice «Maneco» a los que se llaman Manuel. La población pasó a dividirse entre manecos y no manecos, pero no como adjetivo peyorativo, aclara Richard.

El proceso de puesta en valor también busca trabajar la cuestión identitaria con el pueblo en su conjunto dictando talleres impulsados por la Secretaría de Cultura provincial, como el de percusión africana o el de cuentos africanos para niños, a cargo de Marina Crespo y la agrupación Entre Afros. La construcción social de la historia y el trabajo del imaginario desde las edades más tempranas deben competir en participación con la propuesta de la iglesia evangélica, que convida gaseosas y chizitos, atrayendo a los más pequeños. «La intención es acompañar un proceso identitario en curso, tanto entre los afrodescendientes como en otros entrerrianos, poniendo en tela de juicio de alguna manera el discurso hegemónico que nos plantea que somos todos descendientes de europeos; y, por otro lado, contribuyendo a la problematización de lo criollo y lo que hace a nuestra historia en momentos previos a la llegada de grandes contingentes de colonos europeos desde mitad del siglo XIX», explica Richard. La premisa es repensar la identidad entrerriana para tener en cuenta un mundo criollo afromestizo.

Según los investigadores del Museo Serrano, el cementerio –que por otro lado no tiene ningún papel oficial como tal, sino que era un camposanto per se– se dejó de usar por el desplazamiento de familias. Debido a lo que se conoce como «éxodo entrerriano» del campo hacia grandes ciudades como Rosario o Buenos Aires, entre las décadas del cuarenta y sesenta del siglo pasado no crece la población en la provincia. «En el caso de Sajaroff eso está muy marcado, de diez entrevistados ocho vivieron en el gran Buenos Aires durante décadas y han regresado de grandes al pueblo. Entre las manecas que venimos entrevistando, algunas vivieron en Ciudad Evita y en Florencio Varela. Es un proceso que nos habla de qué pasaba en el pueblo durante esas décadas. Ya en los años veinte y treinta hay difuntos de la colectividad afrodescendiente enterrados en otros cementerios de la zona, como Clara, Domínguez y Villaguay», detalla Richard.

La puesta en valor del Cementerio de los Manecos prevé su expropiación por parte del Estado provincial -para lo cual se tomaron mesuras recientemente- y la construcción de un muro perimetral que lo identifique. Por ahora, sigue distraído a simple vista al borde del camino, por donde pasa una caravana de máquinas agropecuarias rumbo al molino arrocero, arrollando el sosiego de la siesta en el interior de la provincia.

Texto: Pablo Russo

 

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