Remada en la TOMA VIEJA

El río parece más correntoso que de costumbre. Debe ser por los camalotes que se ven pasar raudos y que se acumulan en las orillas de la costanera paranaense. No hay tierra firme en la cual reposar para los que salen a remar en estos días de creciente. Las pocas playas naturales de la Curupí o de la Isla Puente están bajo agua, así como también gran parte de la costa santafecina en la zona de la salida del túnel. Allí se puede descansar, sí, pero entre árboles con sus troncos sumergidos.

Para llegar a la Toma Vieja por el Paraná hay que navegar unos kilómetros hacia el este, río arriba. Desde la dársena del Puerto Nuevo se pasan los ranchos y comedores de Puerto Sánchez, la playa de El Thompson, la entrada al Náutico y, enseguida, el barrio privado con sus mansiones y yates usurpando el espacio que antes era de acceso público cuando se llamaba «Los Arenales». Detrás del muro con ventanitas crece el barrio cercano a la toma nueva de agua, con calles que llevan nombres de peces con sus artículos incluidos: «El Patí», «La Boga», «El Surubí», «El Pacú», «La Raya» o «La Mojarra». Después de un astillero con guardería y bajada de lancha, la arenera y luego la toma de agua, un conjunto de viviendas se afirma al pie de la barranca de la Toma Vieja, poco antes de la torre de alta tensión con su inestable base de cemento. Unas veinte familias viven permanentemente en las casas entre los sauces de la orilla y la vegetación tupida de la barranca; las otras construcciones son ranchos de fin de semana. Las edificaciones más cercanas al caudal tienen el líquido a punto de mojar los pies de sus habitantes y por eso varios vecinos reforzaron con defensas sus ingresos.

Gustavo Bastida y su familia están de sobremesa debajo de un tinglado. El agua se empecina en su golpeteo a pocos centímetros del suelo que pisan. «El quincho del viejo», indica un cartel de madera colgado sobre la parrilla con brasas mutando a cenizas. Allí hay todo lo necesario para pasarla bien: una mesa tendida, un equipo de música y una heladera. La casa de Bastida, en cambio, queda enfrente, cruzando la calle. «Nos juntamos los jueves para cortar la semana», dice su mujer. Una gurisita juega en el río, con salvavidas puesto, sobre la inundada bajada de lancha. Otros se tiran desde el muelle; en ocasiones los acompaña el perro que busca refrescarse. El silencio y la tranquilidad del lugar no muestran variaciones entre semana y fin de semana. El mayor tránsito lo constituyen pescadores que andan en sus canoas, algunos kayaks y piraguas que van y vienen, más los inmensos cargueros de banderas internacionales que pasan con innumerables containers de colores o arrastrando hasta veinte acoplados en lo más hondo del camino fluvial.

Gustavo vive de arreglar embarcaciones, grandes y pequeñas, aunque lo suyo es más un taller al aire libre que un astillero. Allí nomás, en la costa, trabaja con fibra de vidrio o acero en lo que haya que reparar o soldar. Aprendió mirando, como un autodidacta, le dice a 170 Escalones mientras se acomoda la montura de sus lentes. Ante la consulta, afirma que no piensa evacuarse. «Si para de llover al norte ya está, porque esta crecida es por las lluvias», señala. Recuerda el desbordamiento de hace tres años, en el que tuvo que poner defensas en su casa y resistió que le entrara agua. Con su mano derecha indica la altura a la que llegó en 2016. En ese entonces, comenta, el río se le había metido en el quincho sin paredes en el que ahora se reúnen. Hoy no da síntomas de alarma. De hecho, nadie parece preocupado alrededor de esa mesa perteneciente al mundo seco solamente gracias a unas bolsas en el piso que aún contienen al Paraná.

Nota publicada en la revista 170escalones.com

Texto de Pablo Russo /

Fotos: Gustavo Roger Cabral

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